Oigo el susurro de su voz, deslizándose por la ladera. De cuando en cuando, el ulular de un búho, el aullido de un lobo o el correteo de algún ratón hace que mi atención se desvíe momentáneamente de esa melodía que envuelve todo lo que me rodea. La noche, encendida por los rayos de la luna es testigo de excepción de tal espectáculo. Luces de colores saltando de un lado a otro, de piedra en piedra como duendecillos en un cuento de princesas y siguiéndole, allá donde fuese. Es un cortejo real. Corre con fuerza, le empujan y ensordece al caminar. Es el Río, niña, que ya se adentra en el Mar